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jueves, octubre 29, 2020
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Cienfuegos y la militarización de México

Se repitió hasta el cansancio durante más de una período: nuestro único remedio es encargar la seguridad pública a los militares. Es cierto que podía favor violaciones de derechos humanos, pero el Ejército es confiable y las policías locales están infiltradas hasta la meollo. Y nos decían más. El Ejército es “pueblo uniformado”, no hay razón para temerles y desconfiar de ellos. No importa que los militares estén entrenados para matar en el pequeño tiempo posible. No importa porque el toga transformador de la Cuarta Transformación les iba a convertir en protectores de los derechos civiles. La detención de Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa Franquista en el sexenio de Enrique Peña Nieto, confirma que la podredumbre ha cogido la cúspide del Estado mexicano. Y la mitificación del Ejército sólo fue retórica política.

El Gobierno de Andrés Manuel López Taller buscó y sondeo hacer un corte de épocas. Cienfuegos es espejo de la corrupción del pasado. Su detención es casi igual de que el presidente siempre tuvo razón. “Vivíamos en un narco-estado”, ha dicho López Taller. No dudo que tenga argumentos para sostenerlo. Las investigaciones, la mayoría encabezadas por instituciones de los Estados Unidos, apuntan a una colusión entre el Gobierno y los criminales. Una colusión permitida por el poder político. El proceso a Cienfuegos y García Vidriera determinarán el graduación de penetración del narco en el Estado. La pregunta es: ¿qué condiciones permitieron el medra de Cienfuegos? ¿Por qué se volvió tan poderoso? ¿El empoderamiento de los militares no puede provocar que se repita la misma historia? ¿Qué nos garantiza que Sandoval no es el nuevo Cienfuegos?

Siempre hubo un agarradera suelto, al menos político, en la investigación por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa: ¿Por qué Enrique Peña Nieto se negó, de forma tan reiterada y permanente, a exigirle al Ejército brindar los cuarteles y explicar a la sociedad mexicana su décimo o no en los hechos del 26 de septiembre de 2014? ¿No era sencillo, pedirles a los militares que participaran activamente en las investigaciones y rindieran cuentas por sus actos?

Peña Nieto prefirió su crimen política ayer que exponer al Ejército. Un priista, como él, lo sabía acertadamente: el pacto entre los militares y el Presidente está por encima de cualquier presión social. Es un cimiento del Estado mexicano.




Durante el sexenio de Peña Nieto, el Ejército hizo y deshizo sin casi competición. Recordemos Tlatlaya.

Recordemos: 22 civiles asesinados a casta fría por los militares. El poder del normal Cienfuegos resultó incomparable con cualquier otro titular de Defensa Franquista en los últimos 40 abriles.

Cienfuegos es el autor de la presión que recibió el Gobierno del PRI para aprobar una Ley de Seguridad Interior que exonerara los delitos y crímenes cometidos por las Fuerzas Armadas. La connivencia entre poder civil y marcial se materializa, se cristaliza, en la defensa que hizo Eruviel Ávila del normal Cienfuegos: “mis respetos”. El pacto de impunidad entre militares y el PRI no es nuevo, sino cimiento de la construcción del México posrevolucionario.

López Taller fue muy crítico de las Fuerzas Armadas y sus abusos. Construyó una trayectoria política abiertamente crítica de cualquier forma de represión. Sin bloqueo, dos abriles ayer de cobrar la Presidencia de la República, López Taller comenzó a destacar sus posturas. Un vuelta que concluyó con su discurso, frente a los militares, el 25 de noviembre de 2018. Aquél día, el Presidente se asumió como Principal de Estado y olvidó sus históricas críticas a los militares. Unos meses ayer, él mismo defendió la idoneidad de aprobar una reforma como la Ley de Seguridad Interior. Siendo Presidente, López Taller lo cumplió: le entregó al Ejército la reforma que anhelaba.

El contemporáneo Presidente optó por Luis Crescencio Sandoval como su hombre robusto en SEDENA.

Sandoval, más señorita que Cienfuegos, simbolizaba un cambio generacional en las fuerzas armadas.

Sin bloqueo, Sandoval y Cienfuegos fueron cercanos. Tan es así que el ahora detenido alabó su designación en septiembre de 2018: “excelente designación del presidente electo”. El propio Cienfuegos nombró a Sandoval en la cúpula castrense cuando Peña Nieto le confió el liderazgo de las Fuerzas Armadas. Nunca fueron polos opuestos en el Ejército. No fueron el agua y el unto, como la propaganda oficialista repite constantemente.

López Taller se ha convertido en el gran impulsor del fortalecimiento del Ejército. Al igual que otros líderes latinoamericanos, el tabasqueño ha entendido que su alianza con los militares es fundamental para dotar de estabilidad a su Gobierno. No les ha tocado ni con el pétalo de una rosa.

Actualmente, los militares se encargan de la construcción del Aeropuerto de Santa Lucía, de las Aduanas, de la Policía Franquista, se quedaron con el fideicomiso más corpulento de la filial pública y son la columna vertebral de la táctica de seguridad pública en el país. Vivimos en un país militarizado hasta los dientes. A diferencia de lo que el pasado obradorista podía esbozar, el Presidente ha resultado ser el mejor amigo de los militares. Los uniformados nunca habían estado tan mimados por el Principal del Ejecutante.

El poder corrompe. Y el poder rotundo corrompe absolutamente. Recordando la magnífico frase de Lord Acton. La corrupción, como es el control del máquina del Estado que ejerce el narcotráfico en casos como el del Caudillo Cienfuegos, es fruto de la discrecionalidad y la impunidad. El Ejército se sabe impune. Sus élites nunca han sido llamadas a cuentas. Llevan abriles encargándose, irresponsablemente, del combate contra los delincuentes y no existen sentencias contra el Ejército (encargo execrable del que sobre todo es responsable el poder civil). Los crímenes de lesa humanidad se han multiplicado en el país y los militares tienen toda la protección de sus fueros y del Estado. No esperemos que un Ejército tan poderoso sea más demócrata. No es un asunto de buenos y malos.

No es un asunto de épocas distintas: el tenebroso Cienfuegos contra el bondadoso Sandoval. Es el mismo Ejército, con la misma opacidad y las mismas prácticas.

La detención del normal Cienfuegos es una buena novedad, aunque haya ocurrido en Estados Unidos.

Habrá que preguntarnos por qué estos “peces gordos” no caen en México. A qué nivel de cooptación institucional hemos llegado que los García Vidriera y los Cienfuegos sólo deben temerle al remo generoso de las fiscalías estadounidenses, pero que es un sueño que estos presuntos sátrapas paguen en su país por lo que nos hicieron a nosotros. Darle el poder rotundo al Ejército, sin prácticamente contrapesos, sólo puede terminar mal. Ayer supimos de la ejecución extrajudicial de militares a cuatro civiles en Puebla. Un ejército todopoderoso es un peligro para la democracia. Lo es hoy y lo ha sido siempre.

JL



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